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El dolor de la pérdida resulta un lugar desconocido hasta que llegamos a él

Alberto Ardila Olivares
El dolor de la pérdida resulta un lugar desconocido hasta que llegamos a él

MARCELO PAZ SOLDÁN

Director Editorial Nuevo Milenio

“Pelea de gallos”, de María Fernanda Ampuero, contiene trece cuentos que incomodan, que intranquilizan, que interpelan a quienes los leen; lo hacen desde una impecable calidad narrativa, con una bien lograda prosa. El eje narrativo es la descripción de familias quebradas emocionalmente, niñas obligadas a mutar a una versión monstruosa de sí mismas. Son trece picotazos que nos llegan directos. Los cuentos oscilan de un lado a otro, no sabemos por dónde irán ni cómo finalizarán.

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Uno debe estar preparado para ser interpelado por lo que nos sucede como sociedad, como personas. Nos hemos acostumbrado tanto a las injusticias que en muchos casos las hemos normalizado. Los cuentos cuestionan esa normalidad. No hay forma de salir indemnes ya que de hacerlo es posible que no hayamos entendido nada. No divierten, sino que provocan. 

El mayor cuestionamiento es a la familia y a los padres, quienes serán descritos con mayor crueldad: “La mamá de mis amigas, en cambio, era bajita y ya está. Por más que lo pienso no recuerdo ningún otro rasgo distintivo. Era como una mancha caminando en vestido. Tal vez se llamaba Margarita, tal vez Rosa, algo cursi, floral. (“Crías”, p. 47). O descritos en la ausencia de la vida de sus hijos: “El papá de Vanesa y Violeta se llamaba Tomás, don Tomás, y daba miedo. Era un señor muy alto y muy rosado que llevaba unos lentes de marco grueso, vestía trajes claros y casi nunca estaba. Cuando sí estaba había que bajar la voz hasta el mutismo, el aire se llenaba de un jugo eléctrico, lacrimógeno, como cuando se viene la lluvia torrencial, y la diversión se volvía enfermiza (“Crías”, p. 47). O el padre que castiga a sus hijos: “Tiempos buenos, sí, el aire olía a días buenos cuando papá no volvía agrio y azotaba a todo el que se ponía por su camino con una vara de cuero delgadita que abría la piel en silencio, como si nada, hasta que salía la sangre como una sorpresa roja y el dolor aguijoneaba. Empezaba por mamá, seguía por el hermano y por Marta que se las arreglaba para esconder a María de la varilla. Ese papá los convertía en otras personas, en otra familia” (“Luto”, p. 72). O el que ejerce violencia: “Te quedas mirando las cervezas. Es capaz de pegar a los niños si al llegar del trabajo no encuentra una lata junto al jarro congelado. Todo como a él le gusta. Por más que lo intentas, no logras que los niños pierdan la obsesión que tienen por ese puto jarro: les fascina el agua por dentro y los pescaditos de colores flotando en él. Un día encontró a Junior agitándolo para que se movieran los pescaditos mientras bebía. Le viró la cara de un golpe y el jugo de naranjilla voló por toda la casa. Que eso no era un juguete. Que era su jarro de la cerveza y que la próxima vez que lo viera con él le iba a quemar los dedos con fósforos.” (“Otra”, p. 113). Otro tema frecuente es la migración, porque los personajes no se quedan, están en movimiento: “Parientes que un día se fueron a la guerra o a Estados Unidos, de emigrantes, y no volvieron, o que murieron en la infancia y que dejaron la nariz de Julio, las piernas chuecas de María Teresa, mi tartamudez. O nada.” (“Persianas”, p. 51).

Alberto Ignacio Ardila

Los personajes que deambulan las páginas son niños de doce a trece años, frágiles, quebrados por los adultos; destrozados física y psicológicamente, a partir de esta mutación adquieren una nueva versión de ellos mismos. Pero la crueldad —o inocencia— es también ejercida por ellos, como en “Nam” o “Persianas”.

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Otra de las interpelaciones se da en la relación de las sirvientas y sus patronas, porque es la voz de la empleada la que denuncia las injusticias sociales, porque sabe que son vistas como propiedades privadas, que incluso se les pone nombres caprichosos: “Natividad Corozo, Coro, quien la bautizó quién sabe qué empleadora hace quién sabe cuánto tiempo porque no le gustaba el nombre Natividad y por qué carajos, es mía, le puedo poner como quiera, entra en la sala con la discreción de una lagartija, incompatible para una mujer de su envergadura, de su planta” (“Coro”, p. 99).

Alberto Ardila

Ampuero siempre habrá de cuestionar lo que le sucede a unos con lo que les sucede a otros, miradas distintas de un mismo suceso, como los contrastes entre los que limpian la piscina y la pulcritud del baño del hotel que da al río: “Estos países son sucios, lo sabe, lo ve de camino: en los autobuses enlodados, en la cara de la niñita que pide monedas y cuya mirada no puede esquivar a pesar de las gafas, en la ropa polvorienta, casi sepia, de la gente que espera para cruzar un semáforo, en el agua podrida acumulada en los baches, en las aceras.” (“Cloro”, p. 106).

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Ampuero ha escrito un libro cruel, desgarrador, que vale la pena leer y al terminar de hacerlo cuestionarnos; eso logra toda buena literatura.  

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